Agamedes nació en la antigua ciudad de Tebas, una de las más prósperas y poderosas del mundo micénico. Era un niño común en una familia de agricultores. Su padre, Alcandro, era un hombre trabajador que se enorgullecía de sus tierras, y su madre, Myrto, una mujer sabía que le enseñaba sobre los antiguos dioses y leyendas de héroes pasados. Desde el primer día, Agamedes sintió un profundo apego a la naturaleza que lo rodeaba, los campos dorados y las montañas imponentes que protegían su hogar.Durante su infancia, Agamedes no tenía señales de ser alguien especial. Jugaba con otros niños, corría por los valles y soñaba con convertirse en guerrero, como aquellos que se narraban en las historias de los ancianos de Tebas. Sin embargo, había algo en él, una energía tranquila que lo diferenciaba, una intuición natural hacia el equilibrio entre el orden y el caos que siempre lo hacía destacar. Aunque no era el más fuerte ni el más rápido, su mente era afilada, observadora, y su habilidad para tomar decisiones justas lo hacía respetado entre sus compañeros.A medida que Agamedes crecía, las responsabilidades empezaron a llegar. A los 10 años, ya ayudaba a su padre en los campos, arando la tierra y cuidando los cultivos. Pero en su tiempo libre, no podía resistirse a visitar el santuario de los dioses en la colina más alta de Tebas. Allí, observaba a los sacerdotes hacer ofrendas a Zeus, Apolo, Atenea y los otros dioses del Olimpo. Escuchaba atentamente cada palabra de los himnos y rituales, fascinándose por el poder divino que regía el mundo.A pesar de su curiosidad, nunca mostró ningún signo de ser tocado por los dioses. Era simplemente Agamedes, el hijo de Alcandro. Los años pasaban y su vida era tranquila, hasta que un día, cuando tenía 16 años, su padre enfermó gravemente. La familia comenzó a pasar penurias, y Agamedes tuvo que asumir el papel de cabeza de familia antes de tiempo.