Al día siguiente, cuando Catrin bajaba las escaleras, vio a Idris ya en la puerta, listo para irse.
—¡Idris! —lo llamó para detenerlo y con su llamado, Idris se detuvo en sus pasos, pero no se molestó en voltear para mirarla.
A Catrin no le importó su indiferencia, pues sabía que estaba enojado con ella. Se acercó a él, deteniéndose justo detrás de él. —¿Vas a la empresa? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Idris asintió, listo para reanudar su camino.
—Espera —dijo ella, deteniéndolo nuevamente—. ¿Por qué tanta prisa hoy? ¿No vas a desayunar primero?
Don Carl, que estaba allí al lado, habló rápidamente al cue de Idris, con un tono todo educado. —Señora, el Señor ya terminó su desayuno. Tiene una reunión programada temprano, así que se iba para eso.