—Y por último, si se sale de la línea, aunque sea una vez, se va. Permanentemente. No habrá terceras oportunidades. Hazle saber eso.
Los ojos de Ella se agrandaron, el asombro marcado en su rostro. El peso de sus palabras la golpeó como un puñetazo. Esto no era él cediendo. No. ¡Solo estaba fingiendo ceder! —Ya has decidido odiarlo y no perdonarlo, ¿verdad? Esto no se trata de condiciones, Aiden. Se trata de que tú te aferres al rencor. ¡Eres imposible!
Su voz se quebró por la emoción, pero su enojo no vaciló. Se apartó bruscamente, el dolor desbordándose en una nueva oleada de lágrimas. Esta vez, eran más genuinas, crudas y desatadas. Entre sollozos, logró decir entrecortadamente:
—Solo estás fingiendo ceder. Sabes que él nunca aceptará tus condiciones, ¡y yo tampoco! Le estás pidiendo que sacrifique todo. Y tal vez tú puedas pedirle eso. ¡Pero como hija, yo no puedo hacerlo!
Aiden permaneció inmóvil, su expresión endureciéndose: