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Noventa y Nueve Mil Memorias

🇪🇸MindfulMatrixArt
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Synopsis
Noventa y Nueve Mil Memorias es una brutal odisea de LitRPG y Fantasía Oscura. Asteron ha muerto más veces de las que puede contar. Más de 500 vidas de agonía, atrapado en un ciclo sin fin. Pero cuando una misteriosa puerta roja como la sangre lo arrastra a un abismo de recuerdos fracturados, descubre noventa y nueve mil memorias olvidadas, que inundan su mente, de un torrente de violencia, magia ancestral, guerras borradas y habilidades forjadas en el dolor. Ahora, el conocimiento de imperios caídos arde en sus venas, pero los Ascendentes, arquitectos divinos de su tormento, lo quieren de vuelta en su jaula. Su tiempo se desangra y cada segundo perdido lo acerca al olvido. Su única apuesta: un hotel imposible, donde el tiempo es la moneda de cambio y los huéspedes intercambian sus años restantes por refugio. Aquí, en este lugar entre mundos, Asteron teje una red de aliados y enemigos mientras lucha por mantener su cordura al borde del colapso. Combates viscerales y un antihéroe al límite de su resistencia. ¿Podrá un hombre con 99.000 pasados vencer a un futuro que lo condena… o será su última vida la que lo destruya? ¿Te atreves a entrar en el hotel?
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Chapter 1 - Capítulo 1 - El Último Día de una Vida Miserable

La lluvia caía en gruesas cortinas, deformando las sombras y apagando el fulgor tembloroso de los faroles.

Frente a la entrada de una casa, un hombre se mantenía inmóvil, empapado hasta los huesos. Su cabello chorreaba sobre su frente, y la tela de su camisa se adhería a su piel como una segunda condena. Las gotas resbalaban por sus dedos entumecidos, pero la helada que lo consumía venía de dentro.

De pronto, la puerta se abrió con un golpe seco. En el umbral, envuelta en la pálida luz del interior, una mujer embarazada arrojó sin vacilar un puñado de ropas masculinas.

Las prendas cayeron sobre la calle empapada, bebiéndose la mugre del suelo hasta volverse un reflejo de su miseria.

—¡Recógelas y piérdete de una maldita vez!—escupió la mujer, ardiendo de rabia y desprecio—. Me das pena, ¿lo sabías? No… ni siquiera pena, ¡asco!¿Cuántos años han pasado y sigues igual? ¡Mírate! Todos nuestros compañeros han progresado, tienen carreras, dinero, familias de verdad... pero tú sigues atrapado en la misma vida miserable, sin ambiciones, sin futuro. ¡Eres una vergüenza!

Sus gritos resonaron en la calle, lo suficientemente fuertes como para atraer a los vecinos.

Detrás de cortinas entreabiertas y puertas entornadas, los rostros curiosos se asomaron, algunos con expresiones divertidas, otros simplemente hambrientos de espectáculo.

El hombre sintió que algo dentro de él se rompía, un dolor punzante que no tenía forma de aliviar. Su garganta ardía al tragar saliva, y el peso en su pecho lo hizo titubear antes de dar un paso adelante, con las manos abiertas en un gesto suplicante.

—Por favor… No así. No delante de todos. Podemos hablar… Por el bebé, al menos.

La mujer se quedó en silencio por un momento, y luego, repentinamente, comenzó a reír.

—¿El bebé?—repitió, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida—. ¿De dónde sacas el derecho de preocuparte por él? Este niño no es tuyo. Nunca lo fue.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera la lluvia logró diluir la crudeza de sus palabras.

—Por favor... —susurró, con la voz hecha pedazos, como si con cada palabra se desmoronara su mundo—. Dime que no es cierto...

La mujer rió con una burla ácida, disfrutando cada segundo. Sus labios se curvaron en una sonrisa venenosa cuando dejó escapar su golpe final:

—¿Tú? ¿En serio pensaste que iba a arruinar mi vida llevando en mi vientre el hijo de un don nadie como tú?

El mundo se apagó. Las risas de los curiosos, la lluvia golpeando su piel, incluso el eco de su propia respiración… Todo se desvaneció en un abismo de silencio.

Él no contestó. No tenía nada que decir. No tenía fuerzas ni para odiarla. Se giró y caminó, cada paso más torpe, más lento, como si sus propios huesos se resistieran a seguir adelante.

La lluvia caía en silencio, escurriéndose por su piel, como si intentara borrar lo que quedaba de él.

—¡Desaparece! No quiero volver a verte. ¡Y llévate tu miseria contigo! —El grito le llegó amortiguado, distante.

Pero él ya había dejado de escuchar.

Su conciencia flotaba en un limbo sin emociones. El mundo se desenfocaba como si la realidad misma se estuviera deshaciendo en hilos.

No hubo destellos de advertencia.

No hubo voces que lo llamaran de vuelta.

El rugido del motor fue lo último que escuchó antes de que el impacto lo lanzara por el aire.

Su cuerpo golpeó la luna del coche, antes de rebotar sobre el capó y desplomarse en el asfalto resbaladizo.

Su brazo se dobló en un ángulo grotesco, la pierna se retorció como una marioneta rota y la sangre caliente le resbaló por la frente, tiñendo su mundo de rojo.

Jadeó, luchando por un aliento que nunca llegó.

Y aun en ese momento, cuando el último aliento huía de sus labios, cuando la muerte lo reclamaba sin resistencia...

No sintió nada.

Cuando abrió los ojos, el asfalto frío y húmedo había desaparecido. En su lugar, un inmenso vacío blanco se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista. No había suelo bajo sus pies, ni cielo sobre su cabeza, pero estaba ahí, suspendido en una nada silenciosa y envolvente.

A su alrededor, una hilera interminable de figuras humanas se extendía hacia el infinito. Eran sombras borrosas, inmóviles, como atrapadas en una espera sin final.

 Nadie se movía, nadie reconocía su existencia.

No entendía cómo había llegado allí, ni el propósito de aquella fila. Pero algo en su interior le impedía moverse, como si al hacerlo rompiera un pacto del que no tenía memoria.

Parpadeó.

Apenas un instante. Pero al abrir los ojos, la multitud se había desvanecido. Solo quedaba él, frente a un umbral descomunal, cubierto de inscripciones que parecían moverse bajo su mirada.

No intentó comprender. No había lógica, solo el impulso de seguir adelante.

No existía otra opción. No existía otro destino.

Así que respiró hondo y cruzó.

Frente a él se alzaba una puerta negra, tan inmensa que parecía fundirse con la eternidad. No había paredes, ni suelo, ni cielo, solo aquella puerta colosal flotando en la nada. Y el silencio… hasta que comenzaron los susurros.

Voces que no venían de ningún lado y de todos a la vez. Sonaban como el roce del viento sobre piedra antigua, como el eco de un pensamiento ajeno. No eran palabras comunes, pero él, de algún modo, las entendía.

—¿Es él…?

—Lo es. Su esencia está sellada por el mismo destino.

—¿Entonces la rueda girará una vez más?

—Solo el Supremo conoce la verdad última.

—Quinientas setenta vidas de sufrimiento… ¿Qué propósito tiene un castigo así?

—Es el decreto de los Ascendentes.

—Pero no avanza… ¿Por qué duda ante el umbral?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y sus dedos se cerraron en un puño tembloroso. Quinientas setenta vidas. No era solo un número. Eran siglos de dolor, de pérdida, de angustia.

¿Era ese su destino? ¿Una eternidad de sufrimiento, atrapado en un bucle sin escapatoria?

—Quinientas setenta vidas de miseria… —murmuró con la voz quebrada, sintiendo el peso insoportable de la condena—. ¿Es esto lo único que me espera…? ¿Hasta cuándo…?

Las voces no respondieron.

—¿Por qué? —gritó al vació, con el alma desgarrada—. ¿Por qué estoy condenado a este tormento sin fin? ¡DÍGANME!

El silencio fue su única respuesta.

Esa puerta... la odiaba. Odiaba su presencia imponente, la vida al otro lado, el magnetismo cruel que ejercía sobre él.

—No pienso hacerlo… ¡NO VOY A CRUZARLA! —rugió, como si con su voz pudiera quebrar el destino.

De repente, una fuerza imposible lo aplastó contra la ausencia misma.

El dolor le devoró la razón, triturándolo, despedazándolo una y otra vez hasta que su propia existencia se sintió ajena. Intentó respirar, pero el vacío se lo prohibió. Intentó gritar, pero su voz se desvaneció como ceniza en la nada.

No podía morir. Su castigo era existir.

El tiempo se diluyó en su sufrimiento.

Y entonces, la presión se desvaneció.

Su cuerpo, quebrado por el esfuerzo, jadeó en busca de alivio. Pero no hubo respiro. Una voz emergió, distinta a todas las demás. Era el eco de algo olvidado, el susurro de un abismo sin nombre.

El vacío tembló, y la puerta negra se resquebrajó, sangrando luz oscura.

—Lo harás.

Con esas palabras, la puerta se abrió sin ruido y una fuerza invisible lo arrastró adentro.

El hombre cayó en un abismo sin fin, pero pronto el vacío se convirtió en un corredor angosto, hecho de sombras vivas que se retorcían a su alrededor. Al final del pasillo, una luz solitaria parpadeaba, esperándolo.

Se giró con el corazón desbocado. La puerta seguía ahí, abierta, llamándolo a regresar. Sin dudarlo, corrió hacia ella. No iba a aceptar ese destino. No otra vez.

Pero antes de alcanzarla, la puerta se cerró de golpe.

El sonido retumbó en la nada. Un instante después, la oscuridad la devoró, borrando cualquier rastro de su existencia.

El rugido del hombre rebotó en las tinieblas.

—¡Maldita sea su voluntad! ¡Que el destino se haga trizas y los Ascendentes se devoren entre ellos! ¡Que se traguen sus ilusiones! No pienso ser su títere ni cargar sus malditas cadenas.

La ira lo consumió, y entonces, sin que él lo notara, algo comenzó a ceder.

Sin darse cuenta, sus pupilas ennegrecidas comenzaron a resquebrajarse y un resplandor verde las atravesó, como fuego ardiendo bajo una capa de cenizas.

El tejido del mundo se agitó, estremecido, como si temiera lo que estaba por despertar.

Y entonces emergió ante él.

Donde antes solo había un resplandor inmaculado, ahora se erguía una puerta escarlata, tan roja como si cada fibra de su ser estuviera empapada en sangre antigua.

 Sus grabados se retorcían como criaturas encerradas en un trance eterno, símbolos arcanos deslizándose unos sobre otros como si intentaran transmitir un mensaje perdido en el tiempo.

El hombre sintió el pánico reptar por su espalda al mirar la puerta roja. No era un miedo cualquiera, sino uno ancestral, como si su propia sangre recordara algo que su mente había olvidado.

 Exhaló con lentitud y dejó que una sonrisa cínica curvara sus labios.

—Mi alma se rinde ante la negra y tiembla ante ti… No sé si mi alma es una pésima consejera o si solo disfruta verme sufrir. Si me avisa que huya, quizás sea justo lo contrario lo que debo hacer.

Avanzó, arrancando cada paso del suelo como si la gravedad misma intentara aferrarlo, retenerlo.

Algo en su interior se rebelaba, arañándolo desde dentro, gritando en un idioma que no quería entender. Pero él lo ignoró, riéndose con una rabia que le quemaba la garganta.

—No volveré a ser una marioneta… Ni siquiera de mi propia mente.

Con un gruñido, obligó a su cuerpo a recorrer los últimos metros y se plantó frente a la puerta roja.

Alzó la mano, con los dedos crispados, dispuesto a empujar la puerta.

Pero no hizo falta. Antes de que sus dedos rozaran la madera, la puerta se deslizó en silencio, como si lo estuviera esperando.

Inspiró hondo y, con una sonrisa tensa, cruzó al otro lado.

La realidad se fracturó.

Ahora se hallaba en un corredor sin fin, cuyas paredes sostenían marcos de cuadros vacíos, como si sus imágenes hubieran sido arrancadas. A lo lejos, un fulgor verdoso palpitaba, llamándolo.

Sintió un pavor profundo, que le heló la sangre.

Pero no había otro camino.

Repetir el tormento de sus vidas pasadas era un destino peor que cualquier riesgo. Mejor enfrentar lo desconocido que sucumbir a la condena de lo inevitable.

Intentó moverse y antes de que su pie pudiera besar la tierra, un quejido rasgó su garganta.

La carne se le resquebrajó en cenizas humeantes, los huesos se partieron y evaporaron como si nunca hubieran existido. Se sintió arrancado de sí mismo, reducido a algo que no entendía.

Cuando su pisada se completó, su cuerpo ya no estaba. Solo quedaba él, desnudo en su forma más pura.

El mundo a su alrededor se desvaneció.

Ya no era un hombre. Era un niño otra vez, encogido en la profundidad de una cueva. Sus dedos pequeños temblaron cuando rozaron la superficie del agua estancada, deformando el reflejo que lo observaba con ojos verdes brillantes.

La humedad del lugar, el olor a piedra mojada, despertaron recuerdos dormidos.

Avanzó un paso más.

Su carne se estremeció, sus huesos crujieron como ramas secas. Un parpadeo, un latido, y su cuerpo ya no era el mismo. Ahora era un joven envuelto en pieles, con una lanza ensangrentada aferrada como si su vida dependiera de ella. Frente a él, un monstruo nacido del caos rugía, desafiándolo con una ferocidad primitiva. Un relámpago de recuerdos lo golpeó: la embriaguez de la batalla, el instinto afilado, el frenesí que ardía en su sangre. Vencer o morir.

Dio otro paso.

Se vio en su cúspide: un rey de guerra, en un trono erigido sobre huesos y pieles de bestias. Su pueblo lo veneraba, arrodillados ante él… pero, ¿era devoción o miedo? La sombra de sus conquistas lo envolvía, susurros de pasados enterrados en fosas sin nombre.

Dio otro paso.

Su cuerpo se encorvó bajo el peso de los años. Su melena, ahora plata pura, caía en ríos sobre sus hombros y ante él, una presencia irreal, un ser sin forma definida, un eco de algo que nunca debió existir.

Los recuerdos de su última hora lo alcanzaron como garras cerrándose sobre su pecho.

Avanzó.

El marco más cercano vibró, como si algo invisible luchara por liberarse. Hilos de luz danzaron a su alrededor, tejiendo la imagen de un anciano de rostro ajado y ente distorsionado por el tiempo.

Otro paso.

El tiempo se plegó sobre sí mismo. Su cuerpo fue pequeño otra vez. La cueva había desaparecido y en su lugar, estaba una choza de barro y paja. La tierra latía de forma distinta, como si perteneciera a otro ayer.

Cada paso era un reflejo de lo que fue.

Cada ciclo, una página más en el libro de su existencia.

Cada cuadro completado, una verdad desenterrada.

Se vio a sí mismo como un mendigo y un rey, como un soñador y un destructor. Fue sabio y necio, creador y ruina. Se alzó sobre la cima del universo y cayó en las profundidades del olvido.

Saboreó la dulzura de la gloria y el amargor de la pérdida. Revivió la euforia del primer amor y la desolación de la última despedida.

Fue un viajero perdido entre dimensiones, atrapado entre vidas que no terminaban de ser suyas. Contempló la vastedad del cosmos y el estrecho abismo de su propia mente.

Comprendió que su tiempo no era una línea, sino un laberinto. Y en cada giro, se encontraba y se perdía a sí mismo.

Uno a uno, los marcos vacíos se llenaron, reescribiendo su historia en el tejido del tiempo.

 Hasta que finalmente, sus pasos se detuvieron.

Ante él, un resplandor verde ardía como un sol implacable.

El hombre dejó escapar un suspiro y susurró:

—Noventa y nueve mil ciclos… Noventa y nueve mil memorias… de un yo olvidado, que al fin regresa.

Giró la cabeza con lentitud, contemplando el pasillo que quedaba atrás. Era un mural de su historia, un retrato cruelmente honesto de su grandeza y sus miserias, de su luz y de su sombra.

Cerró los ojos un instante antes de preguntarse:

—¿Qué pecado olvidado despertó la ira de los Ascendentes? ¿Por qué se esculpió mi condena en la eternidad?

Volvió su mirada al resplandor esmeralda, y sus ojos, reflejo de su furia contenida, centellearon con intensidad.

—Cinco siglos de penurias, una condena que trasciende la muerte. Algún día exigiré respuestas y, si estas no sacian mi verdad, los Ascendentes conocerán el peso de mi juicio.

Lentamente, extendió la mano y tocó el resplandor.

Este se estremeció, reaccionando como si reconociera su toque, y luego, en un latido, lo devoró sin piedad.