El Inicio de un Camino Perdido
No sé si estoy soñando o si me he desmayado. No siento mi cuerpo, pero una brisa suave roza mi rostro, como si la noche respirara sobre mi piel.
A lo lejos, una voz me llama. Es un eco difuso, lejano, como si me hablara desde otro mundo.
—¡Vamos! Despierta… por favor, despierta.
Intento abrir los ojos, pero mis párpados pesan como si estuvieran sellados. La voz insiste. Me aferro a ella, a esa urgencia que me arrastra de vuelta a la conciencia. Poco a poco, mi cuerpo responde.
Cuando finalmente logro abrir los ojos, me encuentro tendido en la hierba alta. El aroma a tierra húmeda llena mis sentidos, y al incorporarme, me doy cuenta de que estoy en un bosque. Árboles inmensos me rodean, sus hojas susurrando con el viento.
Pero no es el bosque lo que me deja sin aliento.
Frente a mí, de pie entre la brisa, hay un ser imposible.
Un ángel.
Por un instante, el miedo se apodera de mí. ¿Estoy muerto?
El hombre que tengo delante es alto y delgado, de piel blanca como el mármol. Su cabello negro cae en cascadas hasta su espalda, y sus ojos oscuros me observan con serena intensidad. Su torso y piernas relucen en un blanco brillante, interrumpido solo por un cinturón dorado y unas botas plateadas. Una estola verde cae sobre su pecho, y otra, enrollada en su brazo derecho, ondea con la brisa. Sus manos, cubiertas por guantes blancos, sostienen un casco plateado.
Pero lo más sobrecogedor son sus alas.
Seis majestuosas alas blancas se extienden a su espalda. Las dos más pequeñas caen suavemente hacia abajo, las medianas las siguen en la misma dirección, y las superiores, enormes y magníficas, se elevan con gracia.
Mi corazón late con fuerza. No sé qué decir.
¿Quién es este ser? ¿Y por qué me ha llamado?
El ángel sonríe con alivio.
—¡Genial! Por fin has despertado.
Parpadeo, todavía aturdido, y miro a mi alrededor. El bosque sigue ahí, tan real como el aire que respiro. Me llevo una mano a la cabeza, tratando de ordenar mis pensamientos.
—¿Dónde estoy? —pregunto con voz rasposa.
—Te encontré aquí, tirado en el suelo, inconsciente —responde—. Me alegra saber que por fin despertaste.
Su voz es tranquila, pero hay un matiz de curiosidad en su mirada.
—Me llamo Lyshariel —continúa—. Es un placer conocerte. Pero dime, ¿quién eres? No recuerdo haberte visto antes.
Su pregunta me deja en silencio por un momento. Es extraño… debería ser algo sencillo de responder, pero mi mente se siente nublada. Respiro hondo y, al final, las palabras salen de mis labios.
—Soy un Velmior.
Apenas lo digo, Lyshariel da un paso atrás, sorprendido.
—¿Un Velmior?
Hay una mezcla de asombro y confusión en su tono. Lo observa con detenimiento, como si esperara encontrar algo en mí que desmintiera lo que acabo de decir.
—Los Velmior son seres divinos de otro mundo… —musita, como si hablara consigo mismo. Luego sacude la cabeza y me mira con seriedad—. Pero… te ves como un ángel común y corriente.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Lyshariel no responde de inmediato. En su lugar, me observa con detenimiento, como si viera algo que yo no. La inquietud crece en mi pecho, y entonces mis ojos se desvían hacia algo entre los árboles.
Un lago.
Sin pensarlo, corro hacia él y me arrodillo en la orilla. Contengo la respiración cuando veo mi reflejo en el agua.
Mi piel es blanca, como la de Lyshariel. Pero mis ojos son azules, y mi cabello, aunque igual de largo, es rubio.
Mi cuerpo… mis alas… son exactamente iguales a las de Lyshariel.
Lo único que me diferencia de él es que no llevo ese casco plateado.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza.
—¿Qué… qué me ha pasado? —susurro.
Mi voz tiembla al escucharme decir lo impensable.
—Me… he convertido en un ángel.
Pero… ¿por qué?
¿Por qué no recuerdo nada?
Lyshariel sigue mirándome con confusión.
—Esto es muy extraño… —musita—. Pero dime, ¿al menos recuerdas tu nombre?
Alzo la vista y lo miro fijamente.
—¿Mi nombre…? Sí. De eso sí me acuerdo.
Tomo aire y respondo con firmeza:
—Me llamo Asterion.
Lyshariel suelta una carcajada.
—¿Asterion? ¡Qué nombre más gracioso, no crees? —dice con una sonrisa burlona.
Lo observo en silencio. No entiendo qué tiene de gracioso, pero tampoco me molesto en preguntar. Sigo tratando de asimilar lo que me está pasando.
De repente, un grito rompe la calma del bosque.
—¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude!
Ambos volteamos al instante, buscando el origen de la voz. Entre los árboles, una figura se acerca apresurada.
Es una ángel.
Su piel es blanca y su cabello largo y rubio, pero no puedo ver el color de sus ojos, ya que lleva puesto un casco plateado, similar al que sostiene Lyshariel. Aun así, su boca refleja la angustia que siente.
Su vestimenta es diferente a la de Lyshariel. Un traje blanco brillante cubre su cuerpo, similar a un vestido de baño, con una especie de brasier de armadura protegiendo su pecho. En su pierna izquierda lleva dos correas negras de cuero amarradas, y sus pies están cubiertos por botas blancas adornadas con plumas. Un brazalete dorado rodea su pie derecho, mientras que en su estómago se cruzan dos correas negras de cuero, como las de su pierna.
Lo que más llama la atención es la cinta rosada que cubre todo su brazo izquierdo. Esta se extiende sobre su cabeza, formando un arco, y luego cae hasta el final de sus piernas.
En su espalda, seis alas blancas se despliegan de manera majestuosa. Dos pequeñas bajan, otras dos medianas también van hacia abajo, y las dos más grandes apuntan hacia arriba.
Se detiene a unos metros de nosotros, respirando con dificultad.
—¡Por favor, ayúdenme! —exclama con desesperación.
Lyshariel y yo intercambiamos una mirada. Algo está pasando. Y, sin saber por qué, siento que debo ayudarla.
Lyshariel frunce el ceño y da un paso al frente.
—¿Qué pasa? —pregunta con seriedad.
La ángel respira con dificultad, tratando de calmarse.
—Mi pequeño Celian… —su voz se quiebra—. Se ha caído en una cueva subterránea.
Su angustia es evidente. Aprieta los puños contra su pecho, temblando.
—¿Cómo? —exclama Lyshariel, sorprendido.
—Una grieta enorme se abrió en el suelo… y él… él cayó dentro…
Cierra los ojos con frustración.
—Es demasiado joven para salir por sus propios medios… Traté de ir a rescatarlo, pero…
Se interrumpe y traga saliva, como si le costara decirlo.
—Apenas puse un pie dentro… los Gryzmar me atacaron.
Lyshariel se queda inmóvil.
—¿Cómo? ¿Te atacaron los Gryzmar?
La ángel asiente con pesar.
—Sí… Deben estar afuera de sus casas por culpa de la grieta. No los culpo… Al final, fui yo quien entró en su territorio.
Se lleva una mano al pecho y respira hondo.
—Estoy muy débil… No creo tener la fuerza para enfrentarlos… ¿Qué será de mi bebé? —Su voz se quiebra al decirlo—. ¿Qué voy a hacer…?
Lyshariel voltea hacia mí.
—Esto no me gusta… Tenemos que ayudarla.
Asiento sin dudar.
—¿Dónde está la grieta? —pregunto.
La ángel levanta la vista y nos señala con urgencia.
—Al final del bosque.
Lyshariel asiente con determinación.
—Sé dónde es.
Sin perder más tiempo, nos ponemos en marcha.
Mientras avanzamos por el bosque, no puedo evitar sentirme abrumado por todo lo que está ocurriendo. Aún no entiendo qué hago aquí ni por qué tengo este aspecto.
Miro de reojo a Lyshariel y, aunque sé que este no es el mejor momento, necesito respuestas.
—Oye… sé que ahora hay algo más urgente, pero… ¿puedes decirme algo sobre este mundo?
Lyshariel mantiene la vista al frente, pero suspira y asiente.
—No creo poder explicarte todo —admite—. Este mundo es muy grande. Pero te diré lo fundamental.
Hace una breve pausa antes de continuar.
—Este mundo se llama Celestara. Es un mundo habitado por ángeles, como nosotros. Hay pueblos, ciudades, bosques, selvas, cuevas… como cualquier otro mundo.
Me detengo un segundo y lo miro con confusión.
—Espera… ¿entonces estamos en el cielo?
Lyshariel suelta una leve risa.
—No, Celestara es un mundo terrestre. Tenemos cavernas subterráneas, océanos… es como cualquier otro planeta.
Me quedo pensativo mientras seguimos caminando.
—Sin embargo… —prosigue Lyshariel, bajando un poco la voz—. Cuenta la leyenda que, más arriba de nosotros, a millones de años luz, habita un Varnokai.
Frunzo el ceño.
—¿Un Varnokai?
—Se dice que es una entidad que protege el mundo desde el cielo. Su territorio está más cerca del universo.
La idea de un ser protegiendo este mundo desde tan lejos me resulta extraña. No sé qué tan cierto sea, pero por ahora, tengo problemas más inmediatos en los que pensar.
Sigo sin entender del todo lo que Lyshariel me dice, pero su mención del Varnokai despierta aún más mi curiosidad.
—¿Qué es exactamente un Varnokai? —pregunto, mirándolo de reojo.
Lyshariel mantiene su ritmo, con la vista fija en el camino, pero responde sin dudar.
—Aunque hace un momento lo describí como una entidad divina… en realidad, es una bestia celestial.
Eso me toma por sorpresa.
—¿Una bestia?
—Sí. Son seres poderosos y necesarios para proteger nuestro mundo.
—¿Cuántos hay?
—No lo sabemos con certeza —admite—. Pero lo que sí sabemos es que hay diferentes tipos: Varnokai terrestres, aéreos y acuáticos. Cada uno con un propósito específico.
Asiento, procesando la información.
—Se dice que, en los tiempos antiguos, uno de ellos creó los continentes… mientras que otro formó los océanos.
La idea de criaturas capaces de dar forma a un mundo entero es abrumadora. No puedo evitar imaginar a esas bestias colosales, moldeando la tierra y el agua con su poder.
Camino junto a Lyshariel, con la vista fija en la grieta que se acerca. Pero hay algo que no puedo ignorar.
—Dime… ¿qué son exactamente los Gryzmar? Al fin y al cabo, son a los que vamos a enfrentar.
Lyshariel suspira y me mira de reojo.
—Monstruos —dice sin rodeos—. No sabemos su origen, pero han vivido aquí desde siempre. Forman parte de nuestro mundo, habitando lugares específicos conocidos como territorios.
Frunzo el ceño.
—¿Territorios?
—Sí, cada grupo de Gryzmar tiene su propia hábitat. No suelen salir de allí… a menos que algo los altere.
Entiendo a qué se refiere.
—Entonces lo que dijo la ángel es cierto… la atacaron porque invadió su territorio.
Lyshariel asiente.
—Exacto. Lo más probable es que estuvieran dormidos y se despertaran de golpe al sentir que alguien irrumpía en su hogar. Se asustaron y actuaron por instinto.
Eso me deja pensando.
—¿Son peligrosos?
—Depende —responde Lyshariel—. Hay Gryzmar pacíficos y otros agresivos, pero ninguno representa una verdadera amenaza para nuestro mundo. Los ángeles nunca hemos tenido problemas con ellos… hasta ahora.
Me quedo en silencio, procesando todo. Pero algo me dice que esta vez sí habrá problemas.
Nos detenemos al borde de la grieta. Es enorme, como si la tierra hubiera sido partida en dos por una fuerza descomunal. No alcanzo a ver el fondo, solo oscuridad.
Lyshariel me mira y asiente.
—Vamos.
No hay tiempo para dudar. Flexiono las piernas y salto.
El viento silba a mi alrededor mientras caigo en la penumbra. Mi corazón late con fuerza, pero mantengo la calma. Extiendo mis alas para controlar la caída y veo que Lyshariel hace lo mismo a mi lado.
La oscuridad nos envuelve. Lo único que escucho es el sonido del aire y el eco de nuestra propia caída.
Mientras descendemos, la oscuridad se vuelve más densa, como si nos tragara poco a poco. Apenas puedo ver a Lyshariel a mi lado, su silueta es apenas una sombra en la penumbra.
El aire aquí abajo es diferente… más pesado. No sé si es por la profundidad o por otra cosa.
—Siento algo raro… —murmuro.
Lyshariel no responde de inmediato. Es como si también lo hubiera notado.
De pronto, un sonido resuena desde abajo. Un eco profundo, gutural, como un gruñido lejano.
Mis alas se tensan.
—¿Eso fue…?
—Sí —responde Lyshariel en voz baja—. No estamos solos.
Sigo cayendo, pero ahora con otra sensación en el pecho. No es miedo… es incertidumbre. No tenemos idea de qué nos espera ahí abajo.