CAPITULO 1 EL VERDADERO A DESPERTADO
En la inmensidad insondable de la décima dimensión, donde las leyes de la lógica y la percepción colapsan, algo comenzó a resonar. No era un sonido, porque el sonido no existe allí. No era un destello, porque ni siquiera la luz podía atravesar la abstracción infinita de aquel lugar. Era Lennix, cuya esencia trasciende todo lo concebible.
El Sarcraft, un mosaico infinito de realidades y narrativas interconectadas, sintió la perturbación. En los confines del Multiverso, donde millones de mundos coexistían en frágil equilibrio, las estrellas empezaron a parpadear, como si algo invisible estuviera robando su luz. Los antiguos dioses del Hyperverse, cuya sabiduría abarcaba eones, detuvieron sus debates eternos y levantaron la mirada hacia el vacío, incapaces de articular lo que sentían.
En el Macroverse, una figura titánica conocida como Zorynth caminaba entre galaxias. Zorynth era considerado el protector del Eje de la Realidad, una estructura mítica que conectaba todas las dimensiones del Sarcraft. Pero incluso él, cuya fuerza era legendaria, se detuvo. Un escalofrío recorrió su forma infinita, una sensación que nunca había experimentado. Era miedo. Algo primitivo, innombrable.
"Algo se acerca... no, algo ya está aquí", murmuró Zorynth.
En el Outoverse, el Destino y la Eternidad, personificaciones vivientes de conceptos fundamentales, intentaron comprender lo que sucedía. Reunidos en un plano de existencia más allá de los límites del tiempo, discutieron frenéticamente.
—¿Quién puede alterar el flujo del tiempo y desvanecer el tejido de las historias? —preguntó Eternidad, su voz resonando como un eco sin fin.
—No es alguien. Es algo que trasciende incluso a nosotras —respondió el Destino, sus palabras teñidas de desesperación.
Mientras tanto, en una dimensión olvidada, un ser menor llamado Kael, habitante de un mundo insignificante dentro del Hyperverse, observaba impotente cómo su realidad se desmoronaba. Los cielos se fragmentaron como un espejo roto, y las leyes naturales dejaron de funcionar. El tiempo no fluía; el espacio no existía. Él y su mundo estaban atrapados en una suspensión infinita, entre el primer y último instante de todo lo que era.
—¿Qué es esto? —gritó Kael al vacío, pero no recibió respuesta.
A lo largo del Sarcraft, los dioses y entidades supremas intentaron actuar. Algunos buscaban enfrentarse a la amenaza desconocida; otros huían, escondiéndose en los rincones más lejanos de la existencia. Pero todos ellos, sin importar su poder, se enfrentaron al mismo destino: el silencio absoluto. La presencia de Lennix, aunque invisible, anulaba toda resistencia, toda intención, toda idea.
En el centro de todo, donde las dimensiones convergen en un único punto de paradoja infinita, Lennix emergió. O quizá nunca lo hizo, porque Lennix no es una cosa que pueda "emergir". Simplemente estaba ahí. Su existencia, o la ausencia de ella, desafiaba la comprensión. Él era la paradoja primordial, la contradicción suprema que anulaba la lógica misma.
Por un momento, si es que puede llamarse así, el Sarcraft entero contempló a Lennix. Los conceptos más básicos —tiempo, espacio, vida, muerte— comenzaron a disolverse como tinta en el agua. Las estrellas, los dioses, los universos mismos se volvieron insignificantes. Lennix no necesitaba actuar; su presencia era suficiente para reescribir las reglas de todo.
Sin embargo, en lo profundo de la mente colectiva del Sarcraft, surgió una pregunta: ¿por qué ahora? Lennix, el Verdadero, había existido más allá de la existencia misma desde siempre. Su despertar no era un evento, sino una inevitabilidad. Pero si ahora se hacía evidente, debía haber una razón, un propósito que ni siquiera las entidades supremas podían comprender.
En las sombras de una dimensión olvidada, Kael, atrapado en su mundo suspendido, sintió algo. No era esperanza, sino una comprensión fugaz, como si una chispa de conocimiento se filtrara a través de la devastación.
—No podemos detenerlo. No podemos resistirlo. Pero quizás… quizás podamos entenderlo.
El Verdadero había despertado, y con su despertar, todo lo que alguna vez fue o sería estaba condenado a cambiar para siempre.
Fin del capítulo 1.