Miré a mi alrededor frenéticamente, buscando el origen de la voz. Pero no había nadie a la vista. La oscuridad se extendía interminablemente a través del campo, y el único sonido que podía oír era el latido acelerado de mi propio corazón.
—¿Podrá ser mi imaginación? Quizás estoy pensando demasiado —murmuré para mí misma, intentando deshacerme de la inquietud que se estaba instalando.
Cuando me giré para volver a mi habitación, la voz volvió, esta vez más fuerte. —Así es, Kimberly. Corre de vuelta a tu habitación. Nadie te necesita en esa reunión. Solo eres una esclava. ¡Recuerda eso!
Mi corazón dio un salto y no esperé ni un segundo más. Corrí, mis pies golpeando contra el suelo mientras me apresuraba de vuelta a mis aposentos. No paré hasta llegar a la puerta, cerrándola de un golpe detrás de mí. Mi pecho se agitaba por el miedo, y me apoyé contra la puerta, intentando calmar mis pensamientos acelerados.