Miré profundamente en sus ojos, esperando que dijera algo. Pero Mohandia permaneció en silencio, apartando su rostro de mí con desafío frío.
—Mohandia, ¿siquiera piensas que somos enemigas? —pregunté suavemente, manteniendo mi tono calmado y medido.
En ese momento, ella giró la cabeza hacia mí, sus ojos ardían con intensidad. —Si no somos enemigas, entonces ¿qué somos? No eres mi amiga, y si no eres mi amiga, ¡debes ser mi enemiga! —su voz era aguda, llena de ira y amargura mientras me miraba con odio.
Mantuve su mirada, impávida ante sus palabras. —Ahí es donde te equivocas. No soy tu enemiga, y nadie aquí lo es. Todos estamos atrapados por circunstancias que nunca quisimos, forzados a vidas de servidumbre en un lugar al que no pertenecemos. No somos enemigas, Mohandia. Solo somos personas, cada una cargando su propio dolor bajo el mismo techo.