—Nada —respondió Aria, su voz temblorosa mientras intentaba contener sus sollozos. Sus ojos llorosos brillaban en la tenue luz de la luna que entraba por la ventana.
—Tonta... —murmuró Lucien, sacudiendo la cabeza mientras se levantaba y se acercaba a ella—. Estás llorando, ¿y dices que no pasa nada? ¿Me tomas por un tonto? Dime, Aria, ¿qué te preocupa?
—Son... son tus hermanos —susrurró al ver su preocupación, Aria sabía que tenía su atención. Dudó, sus manos temblaban mientras agarraba la tela de su vestido. Finalmente, levantó la vista, su rostro surcado de lágrimas encontrándose con su mirada.
—¿Mis hermanos? —preguntó Lucien, su voz teñida de sospecha—. ¿Qué pasa con ellos? ¿Qué hicieron?