La autoridad en su voz dejaba poco espacio para la discusión. A regañadientes, ella se hizo a un lado, su inquietud creciendo mientras él entraba a su habitación.
Al cerrar la puerta detrás de él, Aria se volvió para enfrentarlo, con los brazos cruzados a la defensiva. —Si has venido a darme una charla o acusarme de algo, puedes irte. Ya he tenido suficiente por hoy.
Los labios de Medrick se apretaron en una línea delgada mientras la observaba. Era innegable la tensión entre ellos, pero bajo ella había algo no dicho, un peso que ninguno estaba dispuesto a abordar directamente.
—No estoy aquí para darte una charla —dijo finalmente, su voz baja pero firme—. Pero necesitamos hablar.
Sin perder tiempo, la voz de Medrick cortó el silencio. —¿Qué está pasando entre tú y Lucien? —Su tono era exigente, teñido de sospecha.