Kazuto vagaba por las oscuras calles de Ciudad K, agobiado por una existencia sin propósito. Abandonado por la sociedad, sin trabajo ni aspiraciones, simplemente existía. Esa noche, sin embargo, el destino le lanzó un salvavidas en forma de un niño que agarraba un sobre como si fuera su vida.
—Niño, ¿qué pasa con la carta? —preguntó Kazuto, su voz monótona pero curiosa.
El muchacho, de apenas quince años, levantó la vista con ojos llenos de determinación. "Es para mi padre. Es lo único que me queda de él. Necesito entregárselo".
Antes de que Kazuto pudiera responder, se escuchó una risa escalofriante. De entre las sombras surgió un grotesco Kaijin, una criatura gigantesca y viscosa con forma de sapo. Sus ojos bulbosos se clavaron en Riku.
—¡Tú! —gritó—. ¡Tú eres el mocoso que me derramó agua encima la semana pasada! ¿Sabes cuánto tiempo lleva limpiar este glorioso cuerpo? ¡Pagarás por ese insulto!
Riku se congeló cuando la larga lengua del Kaijin salió disparada, fallando por poco.
Kazuto dio un paso adelante y se colocó entre Riku y la bestia. "¿En serio? ¿Por derramar agua? Supéralo".
El Kaijin se burló. "¡Quítate de mi camino, humano, o correrás la misma suerte!"
Kazuto se rió entre dientes, un sonido hueco que enmascaró el vacío que sentía en su interior. "He estado vagando por la vida sin un propósito. Pero ver a este chico luchar por proteger algo tan simple... despertó algo en mí. He decidido. Seré un héroe".
El Kaijin rugió y golpeó a Kazuto con su lengua, enviándolo a estrellarse contra una pared. El aire se llenó de polvo y escombros, y Riku gritó, paralizado por el miedo.
-¡Kazuto!
El Kaijin se volvió hacia Riku. "Ahora, mocoso, es tu turno".
La voz de Kazuto atravesó el caos. "Oye, baboso".
El Kaijin se giró para ver a Kazuto emergiendo de los escombros, ensangrentado pero tranquilo. "Hablas demasiado".
Kazuto se lanzó contra la criatura, esquivando sus ataques sin esfuerzo. Notó una bolsa brillante en su garganta, su punto débil.
Con un solo golpe devastador, Kazuto golpeó el saco. El Kaijin explotó en una lluvia de baba y colapsó sin vida.
Kazuto recuperó el sobre y se lo entregó a Riku. "Toma, tu carta".
Las manos de Riku temblaron cuando lo tomó. "Gracias. Nunca olvidaré esto... ni a ti, Kazuto".
Cuando Riku desapareció en la noche, Kazuto se quedó solo, mirando los restos de la batalla.
—Por una vez... me sentí vivo —murmuró—. Tal vez pueda lograrlo.
Decidido a convertirse en el más fuerte, Kazuto se comprometió a un régimen de entrenamiento implacable:
1. La carrera infernal (50 km/día)
Kazuto corría 50 kilómetros diarios por terrenos traicioneros (rocas irregulares, suelo resbaladizo y pendientes pronunciadas), respirando solo por la nariz y exhalando por la boca. Sus piernas gritaban de dolor, pero él seguía adelante, desgarrando y reconstruyendo sus músculos a diario.
2. Burpees de la desesperación (1500 repeticiones/día)
Cada burpee terminaba con un salto de tres metros, seguido de una plancha de cinco minutos cada 100 burpees. Si fallaba, volvía a empezar. Le dolía el cuerpo, pero su determinación se endureció.
3. Flexiones incansables (10.000 repeticiones al día)
Kazuto alternaba entre flexiones con una mano, explosivas y en forma de diamante. Descansar no era una opción; cada fracaso significaba un descanso de treinta segundos antes de continuar. Sus brazos se convirtieron en pilares de fuerza inquebrantables.
4. Sentadillas totales (10.000 repeticiones/día)
Cada 500 sentadillas iban seguidas de 100 saltos verticales de dos metros. Sus piernas, antes normales, se transformaron en imparables motores de potencia.
5. Dominadas inhumanas (1000 repeticiones al día)
Kazuto alternaba entre dominadas explosivas, dominadas en L y variaciones en el agarre. Su espalda y sus brazos se volvieron absurdamente fuertes, capaces de soportar una tensión increíble.
6. Sprints finales (100 x 100 metros)
Kazuto corrió a toda velocidad, descansando solo diez segundos entre cada serie. Si su velocidad flaqueaba, repetía los últimos diez sprints. Su explosividad se volvió incomparable.
Programa diario
Kazuto entrenaba diez horas al día, siete días a la semana, durmiendo solo cuatro horas por noche. Su dieta era espartana: alimentos naturales como frutas, verduras y proteínas magras. Cada día era una guerra mental y física, pero la voluntad de hierro de Kazuto se negaba a dejarlo parar.
Un año después,
la fuerza de Kazuto era extraordinaria. Un solo puñetazo podía hacer volar a Kaijins o amenazas de nivel Tigre a través de los edificios. Su poder crecía exponencialmente, pero él se esforzaba más, sin querer detenerse.
Dos años después
Ningún rival podía hacerle frente. Todos los Kaijin caían de un solo golpe. La emoción de la batalla comenzó a desvanecerse, reemplazada por un vacío que no podía sacudirse.
Tres años después,
Kazuto no tenía rival. Su fuerza, ahora ilimitada, se convirtió en una carga. La emoción de la batalla había desaparecido. Cada puñetazo terminaba una pelea antes de que comenzara. Solo en su pequeño apartamento, miraba las noticias, donde los Kaijins de nivel Dragón causaban estragos.
—Perderán —murmuró—. Otra vez.
Kazuto suspiró y cerró los ojos. "Soy demasiado fuerte... ¿Qué sentido tiene?"
En un mundo invadido por monstruos, la fuerza de Kazuto era a la vez un don y una maldición. Su abrumador poder lo hizo buscar algo más: un propósito, un desafío, una razón para luchar.