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Aún podía recordar la primera vez que se encontraron. Cómo Zedekiel lo salvó de esos matones y curó la pequeña herida en su frente. Qué apuesto lucía Zedekiel con túnicas negras como la noche y cabello plateado brillando bajo la luz de la luna. Esos ojos violeta que parecían penetrar directamente en su alma.
—Ah Zedekiel, ¿cuándo terminará todo esto para poder verte de nuevo? —pensó.
En ese momento, se anunció la llegada de la gente del Reino vecino y entraron en tropel otro grupo de humanos finamente vestidos. Por el blasón de un águila en sus ropas, Ron ya sabía el Reino pero no le interesaba, pues conocía la historia de su tatara-tatara-tatara abuelo el Príncipe John comprometiéndose con la Princesa Gabrielle del Reino vecino.