Un brillo sorprendido destelló en las pupilas marrones de Adeline.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó ella, genuinamente pasmada.
¿Cómo podía saber que lo necesitaba? ¿Era acaso un lector de mentes o algo así? Cuanto más pensaba en las cosas, más confusas se volvían, y sinceramente sentía que estaba perdiendo la razón.
Tomando una respiración profunda, preguntó:
—César... ¿qué está mal conmigo?
—¿Qué quieres decir, mi muñeca? —César abrió sus ojos, muy consciente de dónde venía la pregunta.
Adeline se acurrucó, enrollando sus brazos alrededor de sus rodillas.
—Siento como si me estuviera volviendo loca o algo así. Ya no entiendo mis emociones y a menudo siento que ni siquiera tengo control sobre mi propio cuerpo.
Respiró.
—César, esto solo ocurre cuando... estoy contigo. No lo entiendo —sus ojos titilaron mientras negaba con la cabeza—. No comprendes cuánto te necesitaba. Quería llorar porque solo quería que tú...