Cuando Beniogre vio a Rudra en su estado semi loco, sintió escalofríos por todo el cuerpo.
Era una monarca, una entidad aclamada como el pináculo del poder en el universo controlado, sin embargo, se sintió como un conejo siendo observado por un tigre rabioso cuando Rudra simplemente lanzó una mirada en su dirección.
Sus intensos ojos con diferentes colores que reflejaban emociones conflictivas y su cabello desordenado que parecía como si se los hubiera arrancado del cuero cabelludo en partes, hicieron que Beniogre tragara un bocado de saliva pues no podía asegurarse de que Rudra estuviera mentalmente estable.
—¿No me matará, verdad? ¿Cuando intente operarlo? —preguntó Beniogre a Odín, quien simplemente encogió los hombros ante la pregunta.