Archer miró a Tiamat, que estaba de pie frente a ellos con un largo vestido blanco confeccionado con materiales impresionantes que él desconocía. Su largo cabello blanco estaba recogido en trenzas que descansaban en su hombro y brillaba cada vez que la luz lo tocaba.
Miró sus hermosos ojos violetas, que centelleaban con una sabiduría infinita y resplandecían cada vez que la luz de las antorchas los alcanzaba. Enmarcados por delicadas cejas arqueadas, poseían una profundidad que podría encantar a cualquiera.
Debajo de su grácil ceja yacía una nariz perfectamente esculpida, cuya elegante inclinación conducía a unos labios carnosos y rosados que se curvaban en una suave sonrisa. Archer no podía evitar encontrar su rostro sobrenaturalmente hermoso adornado con pómulos altos que irradiaban una radiancia celestial.
Archer olvidó lo hermosa que era realmente Tiamat, lo que le hizo pensar, «Ella es la mujer más hermosa que he visto jamás».